La AbadÃa de Northanger
La AbadÃa de Northanger Poco después de haber llegado al final de la hilera, Catherine sintió la mirada escrutadora de un caballero que se hallaba entre los que miraban, justo detrás de su pareja. Era un hombre de muy buen porte y aspecto dominante; habÃa pasado ya su juventud, pero no el vigor de la vida. Catherine vio que, sin dejar de mirarla, finalmente se dirigÃa al señor Tilney con un murmullo que indicaba familiaridad. Confundida por la atención que suscitaba y sonrojándose al temer que ello se debiera a algún defecto en su apariencia, ocultó el rostro. Mas, al hacerlo, se retiró el caballero y acercándose Henry Tilney le dijo:
—Ya veo que adivina usted lo que me acaban de preguntar. Puesto que ese caballero conoce su nombre, justo es que usted conozca el suyo. Es el general Tilney, mi padre.
—¡Oh! —fue la única respuesta que Catherine pudo articular, pero esta exclamación lo explicaba todo, la atención prestada a sus palabras y una completa convicción de que eran ciertas. Con un genuino interés y una profunda admiración, Catherine siguió con la mirada al general, que avanzaba entre la multitud. «¡Pero qué familia más estupenda!», fue la observación que se hizo para sus adentros.