La Abadía de Northanger

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Antes de que concluyese la velada, mientras charlaba con la señorita Tilney, tuvo aún nuevas razones para la dicha. Desde su llegada a Bath nunca había dado un paseo por el campo, y la señorita Tilney, que conocía los alrededores más frecuentados, le hablaba de ellos en términos que la hicieron sentirse deseosa de conocerlos también, y como manifestara su temor de no encontrar a nadie que la acompañara, el señor Tilney y su hermana sugirieron ir a dar un paseo cualquier día.

—Me gustaría como nada en el mundo —exclamó ella—, pero no lo aplacemos, vayamos mañana.

La idea fue aceptada al punto con una única condición, que solicitó la señorita Tilney: que no lloviera; pero Catherine estaba segura de que esto no ocurriría. A las doce en punto la irían a recoger a Pulteney Street. «No lo olvide, a las doce», fueron las palabras con que se despidió de su nueva amiga. A Isabella, su otra confidente, cuya amistad era más antigua y sólida, y de cuya lealtad y nobleza llevaba disfrutando desde hacía dos semanas, apenas la vio en toda la noche. Sin embargo, aunque anhelando hacerla partícipe de su felicidad, se sometió alegremente a los deseos del señor Allen, que se las llevó muy pronto del baile, y durante todo el trayecto de regreso a casa su ánimo se agitaba dentro de ella del mismo modo que ella en el asiento del coche.


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