La Abadía de Northanger
La Abadía de Northanger La mañana se presentó indecisa, el sol apenas hizo algún que otro esfuerzo por aparecer. Sin embargo, Catherine vaticinó que se cumplirían sus deseos. Consideraba que una mañana despejada en época tan temprana del año, generalmente, hubiera terminado en lluvia, mientras que si estaba nublado era probable que mejorara a medida que avanzara el día. Solicitó al señor Allen la confirmación de sus esperanzas, pero como él no conocía aquel cielo y no se había traído el barómetro, eludió augurar categóricamente que brillaría el sol. Dirigióse Catherine a la señora Allen, y su opinión fue más concluyente: estaba convencida de que haría un día espléndido, siempre y cuando las nubes desaparecieran y el sol siguiera brillando.
Hacia las once, sin embargo, la mirada vigilante de Catherine captó algunas gotitas de llovizna en la ventana.
—¡Ay, Dios! Me parece que va a llover —dejó salir de sus labios en el tono más patético.
—Lo que me temía —dijo la señora Allen.
—Adiós paseo —suspiró Catherine—. Pero tal vez no sea nada, o puede que escampe antes de las doce.