La AbadÃa de Northanger
La AbadÃa de Northanger —Puede que asà suceda, pero entonces habrá mucho lodo, hija.
—¡Oh! Eso no importa. Nunca me ha importado el barro.
—No —respondió su amiga con mucha placidez—. Ya sé que nunca te ha importado el barro.
—¡Cada vez cae con más fuerza! —dijo Catherine, que estaba de pie mirando por la ventana, tras una breve pausa.
—Asà es. Si sigue lloviendo, las calles estarán muy mojadas.
—Ya he visto cuatro paraguas. ¡Cómo detesto ver los paraguas!
—Son muy incómodos de llevar. Prefiero mil veces coger un coche, en cualquier caso.
—¡HacÃa una mañana tan bonita! ¡Estaba convencida de que no lloverÃa!
—Realmente, cualquiera lo hubiera pensado. Habrá muy poca gente en el salón del balneario, si llueve durante toda la mañana. Espero que mi marido se ponga el abrigo cuando salga, pero seguro que no lo hace; prefiere cualquier cosa antes que salir a la calle con el abrigo. No sé por qué le desagrada tanto. ¡Debe de ser tan cómodo!