La Abadía de Northanger
La Abadía de Northanger La lluvia continuó; caía de prisa, aunque no en gran abundancia. Catherine se acercaba al reloj cada cinco minutos y cada vez que volvía amenazaba con que, si seguía lloviendo otros cinco minutos, abandonaría el asunto por imposible. El reloj dio las doce y seguía lloviendo.
—No vas a poder ir, querida.
—Todavía no me rindo. No claudicaré hasta las doce y cuarto. A esa hora es precisamente cuando despeja, y me parece observar que hay menos nubes. Bueno, a las doce y veinte abandono por completo. ¡Oh, si hubiéramos tenido aquí un tiempo como el que hacía en Udolpho o, por lo menos, en Toscana y en el sur de Francia la noche en que murió el pobre Saint Aubin! ¡Un tiempo tan estupendo!