La Abadía de Northanger

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A las doce y media, cuando la tensa preocupación de Catherine por el clima hubo pasado y ya no podía encontrar ningún indicio de que mejorase, el cielo comenzó de pronto a despejarse y un destello de sol la cogió completamente por sorpresa. Miró a su alrededor: las nubes desaparecían. Catherine regresó en seguida a la ventana para contemplar y animar la feliz aparición. Diez minutos después era evidente que la tarde sería soleada, reforzando la opinión de la señora Allen, la cual «siempre había estado segura de que despejaría». Pero la cuestión de si Catherine podía esperar todavía que vinieran sus amigos, si no habría caído demasiada lluvia para que la señorita Tilney se aventurase a salir, quedaba todavía en el aire.

Como había demasiado barro para que la señora Allen acompañara a su marido al salón del balneario, él se marchó solo, y apenas acababa Catherine de verlo bajar por la calle, cuando llamaron su atención los mismos coches descubiertos con las mismas personas que la habían sorprendido tanto unos días antes.

—Isabella, mi hermano y el señor Thorpe, ¡están ahí! Tal vez vienen a por mí; pero no puedo irme. De verdad que no puedo irme. La señorita Tilney quizá venga todavía.

La señora Allen le dio la razón. John Thorpe estuvo pronto con ellas, y su voz les llegó aun antes, pues desde las escaleras llamaba a la señorita Morland para que se apresurase.


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