La Abadía de Northanger
La Abadía de Northanger Aunque dejaron a un lado este tema, el paseo no prometía ser muy agradable. La amabilidad de Catherine ya no era lo que había sido en su anterior paseo en coche. Escuchaba de mala gana y respondía con sequedad. El castillo de Blaize seguía siendo su único consuelo y sólo en ello pensaba de vez en cuando con satisfacción; si bien, antes que verse defraudada en su prometido paseo y, especialmente, antes que ver su seriedad puesta en duda por los Tilney, hubiera preferido renunciar de buena gana a todos los placeres que sus muros pudieran albergar: el de pasear por una larga sucesión de nobles estancias con los restos de magníficos muebles, abandonados desde hacía siglos; el de quedar detenida por una puertecilla enrejada, mientras avanzaba por angostas y sinuosas galerías abovedadas, o, incluso, el de que su lámpara, la única luz existente, fuera apagada por una repentina ráfaga de viento, quedando ella abandonada en plena oscuridad. Entretanto, el viaje proseguía sin el menor incidente, y cuando tenían a la vista el pueblo de Keynsham, un grito de Morland, que iba tras ellos, hizo que su amigo se detuviera para averiguar lo que sucedía. Los otros se acercaron lo suficiente para conversar y Morland dijo: