La Abadía de Northanger

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Desalentada y mortificada, barajó incluso la idea de no acompañar a los demás al teatro aquella noche, aunque hay que reconocer que no por mucho tiempo. Porque, en primer lugar, se percató de que carecía de excusa alguna para quedarse en casa y, en segundo lugar, recordó que representaban una obra que tenía muchos deseos de ver. En consecuencia, fueron todos al teatro y ningún Tilney apareció para atormentarla ni complacerla. Catherine temió entonces que entre las numerosas virtudes de la familia no se hallara la afición al teatro; pero tal vez su ausencia se debía a que estaban acostumbrados a las representaciones, más logradas, de la escena londinense que —ella lo sabía, pues se lo había dicho Isabella— hacían que todo lo demás a su lado pareciera «verdaderamente atroz». Pero no vio frustradas sus esperanzas de diversión: la comedia le hizo olvidar hasta tal punto sus preocupaciones que nadie que la hubiera observado durante los cuatro primeros actos habría sospechado que sufría la menor inquietud. Sin embargo, al comienzo del quinto, viendo de pronto que en el palco de enfrente aparecía Henry Tilney, acompañado de su padre, y se unía a un grupo de amigos, volvió a caer en su anterior estado de zozobra y desconsuelo. El escenario no podía suscitar ya en ella una auténtica alegría, ni retener toda su atención. De vez en cuando dirigía la mirada hacia el palco de enfrente y, por espacio de dos escenas completas, estuvo mirando así a Henry Tilney, sin cruzarse ni una sola vez con su mirada. Ya no cabía acusarle de indiferencia por el teatro; su atención no se apartó del escenario durante dos escenas completas. Al final, sin embargo, dirigió la vista hacia ella e hizo una inclinación, pero ¡qué reverencia! No sonreía, no mantenía la mirada y sus ojos volvieron inmediatamente a donde estaba mirando antes. Catherine se sentía nerviosa y desdichada; estuvo casi a punto de escapar corriendo del palco para obligarle a escuchar su explicación. Pero se sintió invadida por sentimientos más naturales que heroicos; en lugar de considerar ofendida su dignidad por esta sumaria condena, en lugar de decidir, consciente de su inocencia, mostrar su orgulloso resentimiento hacia quien podía albergar dudas sobre su honradez, dejar que se tomara la molestia de buscar una explicación y ponerle en claro lo ocurrido evitando que se cruzaran sus miradas o coqueteando con otro, cargó sobre sí misma toda la responsabilidad ignominiosa de su supuesta descortesía y deseó únicamente disponer de una ocasión para explicar el motivo.


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