La Abadía de Northanger
La Abadía de Northanger Concluyó la obra de teatro, cayó el telón y Henry Tilney desapareció de donde había estado hasta entonces. Pero su padre seguía allí: tal vez Henry se acercaba al palco donde estaban ellas. Así fue. A los pocos minutos apareció allí y, abriéndose paso entre las filas de sillas que se iban vaciando, se dirigió con la misma calma y cortesía a la señora Allen y a su amiga. Sin embargo, no fue contestado con la misma calma por esta última.
—¡Ay, señor Tilney, estaba desesperada por hablarle y pedirle disculpas! Deben de haberme considerado una maleducada. Pero, de verdad, no fue culpa mía. Señora Allen, ¿a que me dijeron que el señor Tilney y su hermana se habían marchado juntos en un faetón? ¿Qué podía yo hacer entonces? Pero hubiera preferido diez mil veces ir con ustedes. ¿A que sí, señora Allen?
—Hija, que me arrugas el vestido —fue la respuesta que obtuvo de su amiga.
Sin embargo, aunque la palabra de la joven carecía de valedores, no fue rechazada y produjo una sonrisa cordial y natural en el semblante de Tilney, que contestó con sólo un deje de afectada reserva:
—De todos modos, le agradecemos mucho que al cruzarse con nosotros en Argyle Street nos deseara un agradable paseo; tuvo usted la delicadeza de volver la cabeza ex profeso.