La AbadÃa de Northanger
La AbadÃa de Northanger —Pero si yo no querÃa desearles un agradable paseo. No pretendÃa tal cosa; lo que hacÃa era rogarle al señor Thorpe con la mayor seriedad que se detuviera. Le grité que lo hiciera, tan pronto como les vi. Pero, señora Allen, ¿no lo vio usted…? ¡Oh! Ella no estaba allÃ, pero yo sÃ. Si se hubiera detenido el señor Thorpe, me habrÃa apeado del coche para alcanzarles.
¿Puede haber en el mundo algún Henry que sea insensible a una declaración de estas caracterÃsticas? Henry Tilney, al menos, no lo era y, con una sonrisa todavÃa más encantadora, dijo cuanto convenÃa decir a propósito de la inquietud de su hermana, su pesadumbre y la seguridad que tenÃa sobre la sinceridad de las palabras de Catherine.
—¡Oh, vamos! No me diga que su hermana no se ha enfadado —exclamó Catherine—. Porque tengo la certeza de que es asÃ. Esta mañana no ha querido recibirme cuando he ido a visitarla. Y un minuto después de marcharme la he visto salir de casa. Me molestó, pero no me sentà agraviada. Quizá usted no sabe que estuve allÃ.