La AbadÃa de Northanger
La AbadÃa de Northanger —No me encontraba en casa en ese momento, pero se lo he oÃdo comentar a Eleanor, que ha estado deseando verla desde entonces para explicarle la razón de semejante descortesÃa; pero quizá también yo pueda hacerlo. No sucedió más que lo siguiente: mi padre estaba preparándose para salir con ella y, como tenÃa prisa desde hacÃa tiempo y no querÃa retrasarse, se empeñó en decir que Eleanor no estaba en casa. Eso fue todo, se lo aseguro. Ella estaba muy disgustada y querÃa disculparse cuanto antes.
Catherine sintió un tremendo alivio al saber esto, pero, con todo, seguÃa preocupada por algo que dio lugar a la siguiente pregunta que, aunque completamente ingenua, resultó bastante incómoda para el caballero.
—Pero, señor Tilney, ¿por qué se ha mostrado usted menos generoso que su hermana? Si ella sentÃa tal confianza en mi buena intención y podÃa suponer que se trataba sólo de un malentendido, ¿por qué se mostró usted tan dispuesto a sentirse ofendido?
—¿Yo? ¿Sentirme ofendido?
—SÃ. Por su mirada al entrar en el palco tengo la seguridad de que estaba enojado.
—¡Enojado yo! No hubiera tenido ningún derecho.
—Pues nadie que hubiera visto su rostro habrÃa pensado que no tenÃa derecho.
Por toda respuesta, Henry le pidió que le hiciera sitio y se puso a hablar de la obra.