La Abadía de Northanger

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—Eres tan parecida a tu querido hermano —prosiguió Isabella— que la primera vez que te vi sentí una debilidad por ti. Pero siempre me pasa lo mismo: el primer momento es el que lo decide todo. El mismísimo primer día que Morland vino a vernos las Navidades pasadas, la primera vez que lo vi, mi corazón quedó prendado de él para siempre. Recuerdo que yo llevaba el vestido amarillo y el pelo recogido en unas trenzas, y cuando entré en el salón y John me lo presentó, pensé que en mi vida había visto a alguien con tan buena planta.

Aunque se calló, Catherine reconoció en estas palabras la fuerza del amor, pues, aunque profesaba un enorme cariño a su hermano y admiraba todas sus virtudes, nunca en la vida lo había considerado guapo.

—También me acuerdo de que la señorita Andrews tomaba el té con nosotros aquella tarde; llevaba su vestido de seda rojo elegantísimo y tenía un aspecto tan divino que pensé que tu hermano tendría necesariamente que enamorarse de ella; no pegué ojo en toda la noche sólo de pensarlo. ¡Ay, Catherine, las noches que he pasado en vela por culpa de tu hermano! ¡No te deseo que sufras la mitad de lo que he padecido yo! He adelgazado horriblemente, lo sé; pero no te voy a apenar con una descripción de mi inquietud, bastante has presenciado. Ahora pienso que me he estado delatando constantemente. ¡He sido tan imprudente al confesar mis ganas de acudir a la vicaría! Pero tuve siempre la seguridad de que contigo el secreto estaba en buenas manos.


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