La AbadÃa de Northanger
La AbadÃa de Northanger Catherine coincidió con ella en que nada habrÃa estado tan seguro; pero avergonzada de su imprevista ignorancia, no se atrevió ya a discutir la cuestión, ni a negar lo perspicaz que habÃa sido y la discreta sagacidad que Isabella gustaba de atribuirle. Su hermano, según supo, se preparaba para partir a toda velocidad camino de Fullerton a fin de dar a conocer sus proyectos a sus padres y pedirles el consentimiento; y esto sà era causa de cierta inquietud verdadera para Isabella. Catherine procuró de todas las maneras convencerla, como ella estaba convencida, de que sus padres nunca se opondrÃan a los deseos de James.
—No es posible que haya padres más amables ni más deseosos de la felicidad de sus hijos —dijo Catherine—; no me cabe la menor duda de que consentirán al punto.
—Morland dice exactamente lo mismo —repuso Isabella—, y sin embargo, no me atrevo a hacerme ilusiones; mi fortuna es tan modesta… nunca lo consentirán. ¡Tu hermano, que podrÃa casarse con quien quisiera!
También en este punto Catherine supo discernir la fuerza de la pasión de Isabella.
—De verdad, Isabella, no seas tan humilde. Las diferencias económicas no pueden tener ninguna relevancia.