La AbadÃa de Northanger
La AbadÃa de Northanger —Oh, mi dulce Catherine, para tu generoso corazón sé que no significarÃan nada; pero no podemos esperar que todos sean asà de desinteresados. Por lo que a mà se refiere, te prometo que lo único que desearÃa es que nuestra situación fuera la inversa. Si yo tuviese millones a mi disposición, si fuera la dueña y señora del mundo entero, no elegirÃa a otro que a tu hermano.
Sentimientos tan nobles trajeron a la mente de Catherine el recuerdo sumamente agradable de todas las heroÃnas novelescas que conocÃa. Le pareció que su amiga nunca habÃa estado tan guapa como al expresar idea tan elevada.
—Seguro que dan su consentimiento —declaraba Catherine una y otra vez—, seguro que estarán encantados contigo.
—En lo que a mà se refiere —dijo Isabella—, mis pretensiones son tan modestas que me conformarÃa con la renta más exigua del mundo. Cuando la gente siente un verdadero afecto, la pobreza en sà misma es riqueza. Detesto los lujos; no vivirÃa en Londres ni por todo el oro del mundo. Una casita de campo en alguna aldea apartada serÃa para mà la máxima felicidad. Cerca de Richmond hay unas villas preciosas…
—¿En Richmond? —exclamó Catherine—. Tenéis que vivir cerca de Fullerton. Debéis vivir junto a nosotros.