La AbadÃa de Northanger
La AbadÃa de Northanger —Tienes razón, te aseguro que me apenarÃa mucho no hacerlo. Si puedo vivir cerca de ti, no me faltará nada. Pero ¿para qué perder el tiempo en hablar? No quiero dejarme llevar por esos pensamientos hasta haber recibido la respuesta de tu padre. Morland dice que si manda la carta esta noche a Salisbury la tendremos aquà mañana. ¡Mañana! Me faltará arrojo para abrirla. Estoy segura de que será el fin.
Tras esta tajante afirmación Isabella se sumió en la ensoñación, y, cuando volvió a hablar, fue para decidir la calidad del vestido de novia.
La conversación se vio interrumpida por la llegada del joven prometido en persona, que vino a exhalar un suspiro de despedida antes de ponerse en camino hacia Wiltshire. Catherine hubiera querido darle la enhorabuena, pero no sabÃa qué decir y su elocuencia quedó reducida a una mirada. Sin embargo, en esa mirada brillaban las ocho partes de la oración de una manera sumamente expresiva, y James supo interpretarlas con facilidad. Impaciente porque en su casa las cosas fueran tal y como deseaba, su despedida no fue larga, y hubiera sido aún más breve de no haberse visto retenido una y otra vez por las apremiantes súplicas de su amada para que se fuera. Estando ya casi en la puerta, fue solicitado en dos ocasiones por Isabella, que le instaba ansiosa a que se marchara.