La AbadÃa de Northanger
La AbadÃa de Northanger —De verdad, James, voy a tener que llevarte yo. Recuerda lo lejos que vas. No soporto verte ahà parado tanto tiempo. Por Dios, no pierdas más tiempo. Anda, vete, vete… te lo pido por favor.
Con los corazones unidos ahora más que nunca, las dos amigas no se separaron durante todo el dÃa, y las horas se les pasaron volando mientras hacÃan planes de felicidad fraterna. A la señora Thorpe y a su hijo, que estaban al tanto de todo el asunto y sólo parecÃan desear el consentimiento de Isabella como el suceso más afortunado imaginable para la familia, se les permitió participar en sus secretas charlas y añadir su contribución de miradas intencionadas y expresiones misteriosas con el fin de provocar la intriga necesaria en las hermanas menores, menos privilegiadas. Para los sencillos sentimientos de Catherine, esta extraña reserva no parecÃa bienintencionada ni consecuente, y no habrÃa dejado de señalar su falta de cortesÃa si hubieran sido menos propensos a la inconsecuencia; pero Anne y MarÃa pronto sosegaron las inquietudes de Catherine diciendo que ya sabÃan de qué se trataba, y la tarde transcurrió en una especie de guerra de ingenio o demostración de agudeza familiar: por una parte estaba el misterio de un supuesto secreto, y por la otra, el de un descubrimiento sin definir; y todos eran igualmente agudos.