La Abadía de Northanger
La Abadía de Northanger Catherine siguió acompañando a su amiga también al día siguiente. Trataba de levantarle los ánimos y acompañarla en las tediosas horas previas al reparto del correo; una actividad necesaria pues, a medida que se aproximaba la hora en que razonablemente podía llegar la carta, Isabella se desanimaba cada vez más, y poco antes de que llegara, la joven había caído en un estado de verdadero abatimiento. Al recibirla, la desolación desapareció como por ensalmo. «No he tenido dificultades para lograr el consentimiento de mis queridos padres. Me han prometido que harán todo cuanto esté en sus manos para garantizar mi felicidad». Así rezaban las tres primeras líneas, y al instante reinó por doquier la más gozosa confianza. Los rasgos de Isabella se iluminaron esplendorosamente y todas las preocupaciones e inquietudes parecían conjuradas. Su ánimo se exaltó hasta tal extremo que apenas podía dominarlo y no tuvo empacho en considerarse la más dichosa de las mortales.