La Abadía de Northanger
La Abadía de Northanger Con lágrimas de alegría, la señora Thorpe abrazaba a su hija, a su hijo y a la invitada; y de buena gana hubiera abrazado a la mitad de los habitantes de Bath, tan henchido se hallaba su corazón de ternura. Repetía «querido John» y «querida Catherine» a cada palabra; era preciso hacer participar de su felicidad a «la querida Anne y a la querida Mafia». Referirse a Isabella como la «queridísima y amada Isabella» no era decir menos de lo que la adorada criatura se había ganado. Ni siquiera el propio John ocultaba su alegría. No sólo concedió al señor Morland el extraordinario elogio de ser uno de los tipos más estupendos del mundo, sino que dijo varias frases llenas de juramentos en alabanza suya.