La AbadÃa de Northanger
La AbadÃa de Northanger La misiva que desencadenó toda esta felicidad era escueta y contenÃa poco más que el anuncio de que el consentimiento estaba garantizado; todos los detalles quedaban aplazados para cuando James volviese a escribir. Pero Isabella bien podÃa permitirse sopesar los detalles. Lo importante estaba recogido en la promesa de Morland: habÃa jurado por su honor facilitar todas las cosas. Con qué medios iba a constituirse su renta, o la cuestión de si recibirÃan propiedades rústicas o una cantidad de dinero, eran asuntos que a su desinteresado espÃritu no preocupaban. Lo que sabÃa le bastaba para sentirse segura de que se establecerÃan pronto y de una manera digna, y su imaginación se echó a volar rápidamente pensando en la felicidad que la aguardaba. Se veÃa convertida al cabo de unas semanas en el centro de las miradas y la admiración de sus nuevas amistades de Fullerton y en la envidia de los viejos de Putney; tendrÃa un coche a sus órdenes, un nuevo apellido en las tarjetas de visita y una impresionante colección de sortijas en los dedos.
Conocido el tenor de la carta, John Thorpe, que sólo esperaba su llegada para emprender el viaje a Londres, se preparó para partir.
—Bien, señorita Morland —dijo hallándola sola en el salón— he venido a despedirme de usted.