La AbadÃa de Northanger
La AbadÃa de Northanger —No, no, no tenga tanta prisa, caramba. ¿Quién sabe cuándo volveremos a vernos? No regresaré aquà hasta dentro de quince dÃas, y estas dos semanas me van a parecer más largas que un dÃa sin pan.
—Entonces ¿por qué se ausenta tanto tiempo? —repuso Catherine, viendo que él esperaba que dijera algo.
—Eso es muy amable de su parte; amable y… bondadoso. No lo olvidaré asà como asÃ. Usted tiene más generosidad y… todo lo demás que cualquiera, me parece a mÃ. Una cantidad monstruosa de bondad, y no sólo es bondad, sino que usted ¡tiene tanto de todo! Y, además, tiene usted una… ¡Caramba! No conozco a nadie como usted.
—Vamos, pero si hay muchÃsima gente como yo, e incluso mucho mejor. Le deseo unos buenos dÃas.
—Escuche: iré a presentar mis respetos en Fullerton antes de que pase mucho tiempo, si no es inconveniente.
—No deje de hacerlo. Mi padre y mi madre estarán encantados de verle.
—Y espero, yo espero, señorita Morland, que a usted no le moleste verme.
—¡Por Dios! Nada en absoluto. Hay muy pocas personas a las que me moleste ver. Tener compañÃa siempre es agradable.