La AbadÃa de Northanger
La AbadÃa de Northanger —Eso es justo lo que digo yo siempre. Que me den gente divertida, la gente que quiero, y al diablo todo lo demás. No sabe lo que me alegra, de verdad, oÃrle decir lo mismo. Pero, señorita Morland, me parece que usted y yo pensamos muy parecidamente en la mayorÃa de las cosas.
—Puede que sea asÃ, pero nunca se me habÃa ocurrido pensarlo. En cuanto a «la mayorÃa de las cosas», a decir verdad, hay muchas sobre las que ni yo misma sé lo que pienso.
—¡Voto a tal! Ni yo. No soy uno de esos que se calientan la cabeza con asuntos que no le importan. Mi idea de las cosas es bien sencilla. Yo, la chica que me gusta, una casa cómoda donde vivir y ¿qué más me da todo lo demás? El dinero da igual. Yo estoy seguro de poder conseguir una buena renta, y si ella no tiene ni un penique, pues mucho mejor.
—Muy cierto. Comparto su opinión en ese punto. Si hay una buena fortuna por una parte, no hay necesidad de que exista por la otra. No importa quién la tenga, siempre que haya bastante. No me gusta la idea de que una gran fortuna tenga que casarse con otra. Casarse por dinero me parece lo más horrible que pueda hacerse en esta vida. Buenos dÃas. Nos agradará mucho verle en Fullerton cuando le plazca.