La Abadía de Northanger
La Abadía de Northanger La emoción que la propia Catherine había sentido al conocer el compromiso de su hermano le hacía suponer que la noticia despertaría en los Allen una emoción semejante al comunicarles el fausto suceso. ¡Menudo chasco! El importantísimo evento, que ella se disponía a explicar con numerosos rodeos, había sido previsto ya por ellos desde la misma llegada de su hermano. Y todo lo que dijeron al respecto se limitó a desearles mucha felicidad a los jóvenes, más un comentario por parte del señor Allen, en elogio de la belleza de Isabella, y otro de su mujer, alabando su enorme buena suerte. A Catherine esto le pareció la más sorprendente falta de sensibilidad. Sin embargo, el gran secreto de que James se había ido a Fullerton el día anterior suscitó, al ser desvelado, cierta emoción en la señora Allen. No pudo escuchar aquello sin perder un poco la calma y lamentó repetidamente que se le hubiera ocultado porque, de haber conocido su intención, le habría visto antes de marcharse: tenía que haberle encargado que enviara recuerdos a sus padres y que mandara sus amables saludos a todos los Skinner…
[Aquí concluía el primer volumen
de la edición de 1818].