La Abadía de Northanger

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XVI

Las expectativas concebidas por Catherine eran tan desorbitadas en lo referente a su invitación a Milsom Street que el desengaño resultaba inevitable. Aunque fue recibida con suma cortesía por el general Tilney y tratada con amabilidad por su hija, aunque Henry estaba también allí y no había nadie más, aparte de ellos, al regresar después a su casa se dio cuenta, sin necesidad de dedicar muchas horas al examen de sus sentimientos, de que había acudido a aquel compromiso dispuesta a sentir una felicidad que no había alcanzado. En lugar de haberse estrechado su amistad con la señorita Tilney después de pasar un día juntas, apenas le parecía una amiga más íntima que antes; en lugar de haber disfrutado de la compañía de Henry Tilney en una situación más favorable que nunca, en la tranquilidad de una reunión familiar, su amigo nunca había estado menos comunicativo ni resultado menos agradable; y, pese a las grandes deferencias que el general había tenido con ella, a pesar de sus palabras de agradecimiento, sus invitaciones y cumplidos, había sido un alivio abandonar su compañía. A Catherine todo esto le producía cierta perplejidad. La culpa no podía achacársele al general Tilney. De que era amabilísimo y afable, y absolutamente fascinante, no cabía la menor duda: era alto, bien plantado y era el padre de Henry. No se le podía responsabilizar a él ni de la reserva de sus hijos ni de la indiferencia que la presencia de Catherine suscitaba. La primera, esperaba que al menos hubiese sido accidental, y, respecto a la segunda, sólo podía atribuirla a su propia cortedad. Al escuchar los pormenores de la visita, a Isabella se le ocurrió una explicación diferente. Todo aquello no era más que altanería. ¡Una altanería y un orgullo intolerables! Desde el principio había sospechado que esa familia era muy orgullosa, y esto lo confirmaba. Nunca había visto en su vida un modo de conducirse tan insolente como el de la señorita Tilney. ¡No hacer los honores de la casa con la más elemental educación! ¡Tratar a sus invitados con semejante arrogancia! ¡Apenas dirigirle la palabra!


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