La AbadÃa de Northanger
La AbadÃa de Northanger —No fue tan tremendo, Isabella; no hubo tal arrogancia. Ella estuvo muy educada.
—¡Vamos! ¡No la defiendas! ¡Y luego el hermano; él, que parecÃa tenerte tanto afecto! ¡Dios mÃo! En fin, los sentimientos de algunas personas resultan incomprensibles. ¿Asà que apenas te miró una sola vez en toda la tarde?
—No he dicho eso; pero es que no parecÃa de buen humor.
—¡Qué despreciable! La cosa que más odio en este mundo es la inconstancia. Te suplico que no vuelvas a pensar más en él, mi querida Catherine; te aseguro que ese hombre es indigno de ti.
—¡Indigno! No creo que piense en mà siquiera.
—Eso es exactamente lo que quiero decir: nunca piensa en ti. ¡Qué volubilidad! ¡Qué distinto de tu hermano y del mÃo! De verdad, estoy convencida de que John posee un corazón inquebrantable.
—Pero en cuanto al general Tilney, te aseguro que nadie en el mundo se podrÃa haber comportado conmigo con mayor cortesÃa y atención; su única preocupación parecÃa que me entretuviera y que lo pasara bien.
—¡Oh! ¡Yo de él no he oÃdo nada malo! ¡Ni le acuso de altanero! Me parece que es un hombre muy caballeroso. John tiene de él una opinión elevadÃsima, y cuando John dice algo…