La Abadía de Northanger

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—Bueno, ya veremos cómo se portan conmigo esta noche; nos los encontraremos en los salones.

—¿Crees que debo ir?

—¿No pensabas hacerlo? Creí que habíamos quedado en ir.

—Bueno, ya que insistes tanto, no puedo negarme. Pero no me pidas que sea demasiado simpática; como te puedes imaginar, mi corazón estará a millas de distancia. Y en cuanto a bailar, no me hables de ello, te lo suplico; es imposible. Charles Hodges me aburrirá de muerte, estoy segura; pero le pararé los pies. Te apuesto lo que quieras a que no lo adivina, y eso es exactamente lo que quiero evitar; así que insistiré en que se guarde sus suposiciones para él.

La opinión que Isabella tenía de los Tilney no influyó en su amiga, que estaba segura de que no había habido insolencia en los modales de Henry y de su hermana, y tampoco podía creer que sus corazones albergaran orgullo. Por la noche su confianza se vio recompensada, pues fue recibida por Henry con la misma amabilidad y por Eleanor con la misma atención de antes: ella se desvivía por estar a su lado y él la invitó a bailar.


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