La Abadía de Northanger

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Habiendo oído el día anterior en Milsom Street que el capitán Tilney, su hermano mayor, era esperado a cualquier hora de la tarde, no le costó nada averiguar el nombre de un joven muy elegante y apuesto al que nunca había visto y que ahora pertenecía evidentemente a su grupo. Observándole llena de admiración, le pareció incluso posible que algunas personas lo consideraran más apuesto que su hermano aunque, a su modo de ver, era más presuntuoso, y su semblante, menos agradable. En cuanto a buen gusto y modales no se podía ni comparar, pues no sólo le oyó protestar contra la idea de salir a bailar, sino que incluso llegó a reírse abiertamente de Henry porque lo considerase posible. De esta última circunstancia puede suponerse que, fuera cual fuese la opinión que nuestra heroína tuviese del capitán, la admiración que él sentía por ella no revestía un carácter peligroso; no era probable que produjese rivalidad entre los hermanos ni una persecución de la dama. No será, pues, este personaje el instigador de esos tres malvados, envueltos en un abrigo de cochero, que la obligarán dentro de unas páginas a subir a un tílburi, el cual la llevará lejos de allí a todo galope. Entretanto, Catherine, libre de presentimientos de ese u otro peligro, salvo el de no tener espacio donde bailar, disfrutaba de su habitual felicidad con Henry Tilney, escuchando con ojos chispeantes todo lo que éste decía y haciéndose irresistible al encontrarle irresistible.


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