La AbadÃa de Northanger
La AbadÃa de Northanger —¡Qué poco le cuesta a usted comprender las motivaciones de los demás!
—¿Por qué? ¿Qué quiere usted decir?
—Usted no se pregunta: «¿Cómo se podrÃa influir en una persona asÃ? ¿Cuál es el móvil que pesará más en los sentimientos, edad, situación y probables costumbres de vida de esta persona?». Sino, más bien: «¿Cómo influirÃan en mÃ? ¿Cuál serÃa mi móvil para actuar de ese modo?».
—No le comprendo.
—Entonces estamos en una altura muy desigual, porque yo la entiendo a usted a la perfección.
—¿Yo? Claro, no sé hablar suficientemente bien para ser ininteligible.
—¡Bravo! Una excelente sátira del lenguaje moderno.
—Pero le ruego que me explique lo que quiere decir.
—¿Cree usted de veras que debo hacerlo? ¿Lo desea usted? ¡Ah! Usted no se da cuenta de las consecuencias; le sumirá en una turbación sumamente dolorosa y dará lugar, sin duda, a una desavenencia entre nosotros.
—No, no, no. No ocurrirá ninguna de las dos cosas; no tengo miedo.
—Bien, entonces se lo diré. Me referÃa a que al atribuir usted el deseo de mi hermano de bailar con la señorita Thorpe únicamente a la bondad, me ha convencido de que su bondad es superior a la del resto del mundo.