La AbadÃa de Northanger
La AbadÃa de Northanger Catherine se ruborizó negándolo, con lo cual se verificaron las predicciones del caballero. Sin embargo, habÃa algo en las palabras de él que compensaba la incomodidad de la turbación, y ese algo ocupó la mente de la joven, que se quedó abstraÃda durante algunos momentos, olvidándose de hablar, de escuchar y, casi, de dónde estaba, hasta que, despertada por una voz femenina, levantó la cabeza y vio a Isabella y al capitán Tilney bailar juntos y preparándose para darles la mano desde el otro lado.
Isabella se encogió de hombros ofreciendo una sonrisa como única explicación circunstancial de su insólito cambio de actitud; mas como no era suficiente para su comprensión, Catherine expresó el asombro que sentÃa a su acompañante en términos muy claros:
—¡No entiendo lo que ha podido suceder! Isabella estaba tan decidida a no bailar…
—¿Y no ha cambiado Isabella otras veces de idea?
—¡Oh!, pero, porque… ¡y con su hermano! Después de lo que usted le dijo de mi parte. ¿Cómo se le ha ocurrido ir a invitarla?
—De eso no puedo sorprenderme. Me pide que me sorprenda a cuenta de su amiga y lo hago; pero en lo que respecta a mi hermano debo decir que su conducta ha estado perfectamente acorde con lo que pensaba de él. Los encantos de su amiga eran una manifiesta atracción; su firmeza, como ya le he dicho, sólo usted puede entenderla.