La Abadía de Northanger
La Abadía de Northanger —¡Ay, hija! ¡Hubiera resultado tan chocante! Y ya sabes cómo aborrezco llamar la atención. Le rechacé varias veces, pero se obstinaba en no aceptar una negativa. No te puedes imaginar cómo me insistió. Le rogué que me excusara y eligiese a otra pareja, pero no, dijo que después de aspirar a mi mano no había nadie más en la sala en quien pudiera pensar; y no es que quisiera bailar únicamente, deseaba estar conmigo. Bah, ¡unas tonterías! Le dije que había elegido un camino bastante equivocado para tratar de persuadirme, pues lo que más detesto de todo son las palabras y los cumplidos; así que… así que me di cuenta de que no me dejaría en paz si no bailaba con él. Además, pensé que a la señora Hughes, que me lo presentó, podría sentarle mal que no lo hiciera; y en cuanto a tu querido hermano, estoy segura de que le habría apenado mucho que me quedara sentada durante toda la noche. ¡Pero no sabes cómo me alegro de que haya terminado el baile! Tengo la paciencia completamente agotada de escuchar sus tonterías; y, con todo, como es un joven muy elegante, veía que todas las miradas se fijaban en nosotros.
—La verdad es que es muy guapo.