La AbadÃa de Northanger
La AbadÃa de Northanger —¿Guapo? SÃ, supongo que sÃ. No me extrañarÃa que a la mayorÃa de la gente le guste; pero no es en absoluto mi estilo de belleza. Odio las caras rubicundas con ojos oscuros en los hombres. Sin embargo, está muy bien. Es increÃblemente orgulloso, eso por descontado. Le he tenido que parar los pies varias veces, ya te puedes imaginar.
Cuando volvieron a encontrarse, tenÃan un tema mucho más interesante de que hablar. HabÃa recibido la segunda carta de James Morland y en ella quedaban expresadas con detalle las amables intenciones de su padre. Tan pronto como alcanzara la edad para merecerla, su hijo recibirÃa una renta, de la que el propio señor Morland era patrocinador y titular, de unas cuatrocientas libras anuales; no era, pues, una insignificante deducción de la renta familiar ni una miserable asignación para uno de los diez hijos. Además, como futura herencia, se le aseguraba una finca del mismo valor.
James expresaba con este motivo su justa gratitud, y como la necesidad de esperar dos o tres años para casarse no era ningún contratiempo mayor de lo que habÃa esperado, lo sobrellevaba sin descontento. Catherine, cuyas esperanzas habÃan sido tan imprecisas como su idea sobre la renta de su padre, y cuyo juicio estaba ahora completamente dominado por su hermano, se sintió igualmente satisfecha y felicitó de todo corazón a Isabella porque todo quedara tan estupendamente resuelto.