La AbadÃa de Northanger
La AbadÃa de Northanger —SÃ, es verdaderamente estupendo —dijo Isabella con semblante grave.
—El señor Morland se ha comportado con una enorme magnanimidad —añadió la amable señora Thorpe mirando a su hija con inquietud—. Ojalá yo pudiera hacer otro tanto. No se puede esperar más de él, claro. Si ve que con el tiempo puede hacer más, quizá lo haga; porque estoy segura de que tiene un corazón de oro. Cuatrocientas libras es sólo una cantidad discreta para empezar, pero tus aspiraciones, mi querida Isabella, son tan modestas que no te paras a mirar lo poquÃsimo a que aspiras, hija mÃa.
—Si deseo más no es por mÃ, es porque no soporto ser la causante de que mi querido Morland viva con una renta con la que apenas se cubren las mÃnimas necesidades vitales. Por mà no importa; nunca pienso en mÃ.
—Ya sé que nunca lo haces, hijita; y siempre encontrarás recompensa en el afecto que suscitas en quienes te rodean. Nunca ha habido joven tan querida como tú por todos cuantos te conocen; seguro que cuando el señor Morland te vea… en fin, hija mÃa… pero no aflijamos a nuestra querida Catherine hablando de tales cosas. El señor Morland se ha comportado estupendamente contigo. Siempre he oÃdo decir que era un hombre extraordinario, hija mÃa, y no debemos suponer que habrÃa ofrecido más si hubieras poseÃdo una fortuna adecuada, pues estoy segura de que es un hombre sumamente liberal.