La AbadÃa de Northanger
La AbadÃa de Northanger —Nadie puede tener mejor opinión que yo del señor Morland, eso es seguro. Pero todo el mundo tiene sus defectos, ¿no?, y está en su derecho a hacer lo que guste con su propio dinero.
Catherine se sintió herida por estas insinuaciones.
—Tengo la seguridad —dijo— de que mi padre ha prometido y hará cuanto está en su mano.
Isabella se contuvo.
—A ese respecto, mi encantadora Catherine, no puede haber ninguna duda, y me conoces lo suficientemente bien para saber que con una renta mucho menor me satisfarÃa. No es la falta de dinero lo que me pone en estos momentos un poco de mal humor; odio el dinero, y si nuestro enlace pudiera celebrarse ahora, aunque sólo fuera con cincuenta libras al año, todos mis deseos quedarÃan colmados. ¡Ah, Catherine, me has descubierto! Ahà está la espina. Los larguÃsimos e interminables dos años y medio que habrán de transcurrir hasta que tu hermano y yo podamos mantenernos.
—SÃ, querida Isabella, sà —terció la señora Thorpe—, comprendemos perfectamente tus sentimientos más profundos. Tú no tienes doblez. Comprendemos perfectamente la aflicción que te conmueve, y nadie te va a querer menos por sentir afectos tan nobles y elevados.