La AbadÃa de Northanger
La AbadÃa de Northanger —Bien. Continúa, por Dios. Me consta que lo deseas con verdadero fervor. Mi hija, señorita Morland —prosiguió él, sin dejar a su hija la oportunidad de hablar—, ha concebido un plan muy atrevido. Como tal vez mi hija le haya dicho, abandonamos Bath del sábado en una semana. Una carta del administrador requiere mi presencia en casa, y, como se han frustrado mis esperanzas de encontrarme aquà con el marqués de Longtown y el general Courteney, dos de mis mejores amigos, nada hay que me retenga ya en Bath. Si se cumplieran nuestros egoÃstas planes, abandonarÃamos la ciudad sin la menor lástima. Sin embargo, ¿podrÃamos convencerla de que renuncie al escenario de sus triunfos sociales para honrar a su amiga Eleanor con su presencia en el condado de Gloucester? Casi me avergüenza hacerle esta petición, aunque este atrevimiento le parecerá sin duda mayor a cualquier otra persona de Bath que a usted, porque modestia como la suya… pero por nada del mundo la incomodaré con alabanzas directas. Si la pudiéramos convencer de que nos honre con una visita, nuestra satisfacción serÃa inefable. Cierto es que no podemos ofrecerle nada semejante a las alegres distracciones de este animado lugar, ni tentarla con diversiones ni con esplendor, pues nuestro estilo de vida es, como puede ver, sencillo y carece de pretensiones; con todo, no regatearemos esfuerzo alguno para hacer que la abadÃa de Northanger sea lo menos desagradable posible.