La AbadÃa de Northanger
La AbadÃa de Northanger ¡La abadÃa de Northanger! Lo emocionante de aquellas palabras llevó los sentimientos de Catherine al máximo arrobo. Agradecida y satisfecha, apenas podÃa expresarse en los lÃmites de un lenguaje tolerablemente sosegado. ¡Recibir invitación tan halagadora! ¡Saber que su presencia era tan encarecidamente solicitada! Todo lo que podÃa existir en el mundo de honorable y tranquilizador, todas las venturas presentes y toda esperanza futura, se contenÃan en aquel ofrecimiento, y Catherine lo aceptó impaciente con la única salvedad de que lo aprobaran su padre y su madre.
—Escribiré a casa de inmediato —dijo ella—, y si no objetan nada, como me parece que será el caso…
El general Tilney no se mostró menos optimista, pues habÃa visitado ya a sus excelentes amigos de Pulteney Street y obtenido la aprobación de su deseado proyecto.
—Puesto que ellos consienten en separarse de usted —dijo él—, podemos esperar la comprensión de todos.
La señorita Tilney se mostró seria, aunque amable, en sus cortesÃas de despedida, y el asunto quedó en pocos minutos zanjado y pendiente sólo de la necesaria consulta a Fullerton.