La Abadía de Northanger

La Abadía de Northanger

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XIX

Transcurrieron algunos días, y aunque no se permitía a sí misma sospechar de su amiga, Catherine no dejaba de observarla con atención. El resultado de estas observaciones no fue nada tranquilizador. Isabella parecía una persona distinta. Cuando la veía acompañada por su círculo de amigos, de Edgar Buildings o Pulteney Street, su cambio de modales era tan insignificante que, de no haber ido más lejos, habría pasado inadvertido. A veces cruzaba por su mente una especie de lánguida indiferencia o se sumía en esa abstracción del espíritu de la que ahora presumía y Catherine no había oído hablar nunca; y si no hubiera observado nada peor, estos hechos habrían contribuido sólo a conferirle un nuevo atractivo e inspirado en ella un interés más entusiasta. Pero cuando Catherine la vio aceptar en público las atenciones del capitán Tilney tan pronto como se le ofrecían y que le brindaba casi la misma atención y las mismas sonrisas que a James, el cambio le pareció demasiado evidente para pasarlo por alto. Cuál fuera el significado de una conducta tan inconstante o las aspiraciones de su amiga, eran cosas que escapaban a su comprensión. Isabella sin duda no se daba cuenta del dolor que causaba; pero en ello había un cierto grado de deliberada irresponsabilidad que Catherine no podía sino lamentar. Sería James el que pagaría las consecuencias. Le suponía preocupado e incómodo y, por poco que le importase su tranquilidad de ánimo a la mujer que le había entregado su corazón, para ella era siempre primordial. También le preocupaba mucho el pobre capitán Tilney. Aunque su aspecto físico no le gustaba, su apellido era garantía suficiente para ocupar un puesto en sus sentimientos, y pensaba con sincera lástima en su inminente decepción, pues, a pesar de lo que había creído escuchar en el salón del balneario, su conducta se avenía tan mal con el hecho de que conociera el compromiso de Isabella, que Catherine no podía imaginar que estuviera al corriente de ello. Puede que estuviera celoso de James como rival, pero si le había parecido que se escondía algo más, el error tenía que deberse a una mala interpretación por parte de ella. Mediante una suave reprimenda, le recordaría a Isabella su compromiso y le haría tomar conciencia de su doble crueldad; pero la falta de un momento oportuno y de comprensión frustraban siempre sus deseos de reprenderla. Cuando Catherine conseguía hacer una insinuación, Isabella no la captaba. En medio de su desolación, la prevista partida de la familia Tilney se convertía en su principal consuelo; el viaje al condado de Gloucester iba a producirse al cabo de unos días, y la partida del capitán Tilney restauraría la paz en todos los corazones, ya que no en el suyo. Pero se equivocaba. De momento, el capitán Tilney no tenía intención de partir, pues no formaba parte del grupo que iría a Northanger, y seguiría en Bath. Cuando Catherine supo esto, se apresuró a adoptar una resolución; habló con Henry Tilney del asunto, lamentando la evidente debilidad de su hermano por Isabella, y le suplicó que le diera a conocer el compromiso de la joven.


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