La Abadía de Northanger

La Abadía de Northanger

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La noche era tormentosa; durante toda la tarde se había levantado viento a intervalos, y cuando se retiraron para descansar soplaba el aire y llovía a cántaros. Mientras cruzaba el vestíbulo, Catherine se asustó al escuchar la tempestad y, oyendo el aullido que producía en el exterior del antiguo edificio y el repentino y furioso portazo de una puerta lejana, tuvo conciencia por vez primera de hallarse en una abadía. Sí, aquéllos eran los sonidos característicos, y traían a su memoria la interminable serie de situaciones horripilantes y escenas espantosas que aquellos edificios habían contemplado y aquel tipo de tempestades anunciado. Con la mayor fruición se deleitó en las felices circunstancias que concurrían con su entrada en muros tan solemnes. Nada tenía que temer de asesinos nocturnos ni de galanes borrachos. Henry, sin duda, se había burlado de ella con lo que le había dicho aquella mañana. En una casa así amueblada y conservada no tendría nada que explorar ni que padecer, y podía irse a su alcoba con la misma tranquilidad que a su dormitorio de Fullerton. Fortaleciendo de este modo sabiamente su ánimo mientras ascendía por las escaleras, y, sobre todo, al advertir que la señorita Tilney dormía a sólo dos puertas de ella, consiguió entrar en su habitación con cierta firmeza, animándose en seguida al ver el alegre resplandor del fuego de la chimenea.


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