La AbadÃa de Northanger
La AbadÃa de Northanger —Y tal vez no esté sentada aquà en esta sala, ni yo esté sentado a su lado. Son cuestiones en las que la duda es igualmente posible. ¡No escribir un diario! ¿Cómo van a conocer entonces sus primas ausentes los avatares de su vida en Bath? ¿Cómo va a dar cuenta de los cumplidos y halagos recibidos dÃa a dÃa si no los anota noche tras noche en el diario? ¿Cómo va a recordar los diferentes vestidos y a describir el estado preciso de su cutis y los rizos de su cabello en los diversos momentos, sin acudir al recurso constante de un diario? Mi estimada señorita, no soy tan ignorante de las costumbres de las jovencitas como usted desearÃa creerme; y sé muy bien que es esa deliciosa costumbre de llevar un diario la que contribuye en mayor medida a configurar el fluido estilo de escribir que se suele alabar tanto en las damas. Todo el mundo admite que el talento para escribir cartas agradables es una virtud femenina. La naturaleza puede haber contribuido en algo, pero estoy seguro de que, por fuerza, la práctica diaria de escribir debe influir de una manera esencial.
—Me he preguntado a veces —repuso Catherine dubitativa— si es cierto que las mujeres escriben mucho mejores cartas que los hombres. Es decir… yo no afirmarÃa que la superioridad está siempre de nuestro lado.
—Por lo que yo he podido juzgar, me parece que el estilo habitual de escribir de las mujeres es impecable, salvo en tres puntos.