La AbadÃa de Northanger
La AbadÃa de Northanger —¿Y cuáles son?
—Un defectuoso dominio del tema, un desprecio total por la puntuación y una frecuente ignorancia de la gramática.
—¡Vaya por Dios! No debÃa haber tenido empacho en rechazar el cumplido. La opinión que usted tiene de nosotras no es muy elevada que digamos.
—No afirmaré que por regla general las mujeres escriban mejores cartas que los hombres, como tampoco que canten mejores dúos o dibujen mejores paisajes. En cualquier facultad que se base en el gusto, la genialidad se halla bastante bien repartida entre los dos sexos.
La pareja fue interrumpida por la señora Allen.
—Querida Catherine —dijo—, ¿me puedes quitar este alfiler de la solapa? No quiero pensar que haya hecho un agujero; me apenarÃa mucho que asà fuera, porque éste es uno de mis vestidos favoritos, aunque la tela no cueste más que nueve chelines la yarda.
—Eso es exactamente lo que habÃa imaginado, señora —dijo el señor Tilney, mirando la muselina.
—¿Sabe usted de muselinas, caballero?