La Abadía de Northanger

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—Ya lo creo; siempre me compro las corbatas yo mismo y me considero un excelente juez; mi hermana me ha confiado a menudo la elección de sus vestidos. El otro día le compré uno, y todas las damas que lo han visto han dicho que era una verdadera ganga. No pagué más que cinco chelines la yarda; auténtica muselina india.

La señora Allen no salía de su asombro.

—Los hombres suelen prestar muy poca atención a estas cosas —dijo—. Nunca consigo que mi marido distinga un vestido mío de otro. Debe de ser usted una gran ayuda para su hermana, caballero.

—Confío en serlo, señora.

—Y dígame, ¿qué piensa usted del vestido de la señorita Morland?

—Es muy bonito, señora —repuso él examinándolo con aire grave—, pero no creo que se lave bien. Me temo que va a desteñir.

—¿Cómo puede… —exclamó Catherine riéndose—, ser usted tan…? —casi dijo «extraño».

—Estoy del todo de acuerdo con usted, señor mío —repuso la señora Allen—, y eso fue lo que le dije cuando lo compró.


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