La Abadía de Northanger

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—Pero, como usted ya sabe, la muselina sirve para todo; la señorita Morland le sacará bastante partido para hacerse un pañuelo, un sombrero o una capa. La muselina nunca se desperdicia. He oído decírselo a mi hermana mil veces siempre que comete una extravagancia al comprar más de lo que necesita o se descuida al cortarla.

—Bath es una delicia. ¡Qué comercios hay aquí! Por desgracia, nosotras vivimos perdidas en el campo; y no es que en Salisbury no haya tiendas estupendas, pero está tan lejos… ocho millas es mucha distancia. El señor Allen dice que son nueve, nueve bien medidas, pero yo estoy segura de que no puede haber más de ocho, y es tan aburrido… vuelvo muerta de cansancio. Pero aquí, se sale de casa y se encuentra todo en cinco minutos.

El señor Tilney era lo bastante educado y sabía aparentar interés en lo que escuchaba; la dama lo entretuvo con el asunto de las muselinas hasta que se reanudó el baile. Catherine temió, mientras escuchaba su larga conversación, que tal vez el joven hiciera demasiadas referencias a las debilidades de los demás.

—¿En qué piensa usted, que está tan seria? —preguntó él cuando regresaban a la sala de baile—. Espero que no sea en mí, porque, a deducir por ese movimiento de cabeza, sus pensamientos no deben de ser muy halagadores.

—No estaba pensando en nada.


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