La AbadÃa de Northanger
La AbadÃa de Northanger —Ésa es una respuesta taimada y profunda, sin duda; pero preferirÃa que reconociera sin ambages que no desea decÃrmelo.
—Bien. Entonces, lo admito.
—Gracias. Ahora intimaremos con más facilidad porque estoy autorizado a gastar bromas a cuenta de este asunto siempre que nos encontremos; y no hay cosa que favorezca tanto la intimidad.
Volvieron a bailar y, cuando terminó la fiesta, se despidieron en presencia de la señora Allen con el firme propósito de volver a verse. No podemos saber si ella pensó en él mientras se tomaba su ponche y se preparaba para acostarse, ni si soñó con él aquella noche, pero esperamos que no fuese más que un breve sueño o, como mucho, un ensueño matinal, ya que, si es cierto, como mantiene un conocido escritor[5], que una joven no tiene derecho a enamorarse antes de que el hombre le declare su amor, debe de ser muy poco decoroso que una joven sueñe con un hombre sin saber si él ha soñado previamente con ella. Del decoro del señor Tilney como soñador o como enamorado, el señor Allen no tenÃa el menor conocimiento, pero tras algunas averiguaciones concluyó que no se le podÃan hacer objeciones como amigo, pues al comienzo de la noche se habÃa tomado la molestia de informarse sobre el acompañante de su invitada y le habÃan asegurado que el señor Tilney era clérigo, y de familia muy respetable de Gloucestershire.