La Abadía de Northanger
La Abadía de Northanger Con más zozobra de la habitual, se apresuró Catherine al día siguiente a acudir al salón del balneario. Estaba segura de que se encontraría con el señor Tilney allí antes de que terminase la mañana e iba dispuesta a recibirle con una sonrisa. Sin embargo, la sonrisa no fue necesaria, porque el señor Tilney no apareció. Por el salón desfilaron durante las horas de buen tono todos los habitantes de Bath, menos él; a cada momento entraban y salían muchedumbres que subían o bajaban escaleras; pero siempre era gente que a nadie importaba y nadie deseaba ver: él era el único que estaba ausente.
—¡Qué sitio tan encantador es Bath! —dijo la señora Allen cuando, agotadas de pasearse por la sala, se sentaron junto al gran reloj de pared—. ¡Qué agradable sería tener algún conocido en esta ciudad!