La Abadía de Northanger
La Abadía de Northanger Este deseo había sido manifestado en vano tan a menudo que la señora Allen no tenía ninguna razón concreta para esperar que ahora produjese mejores resultados, pero, como se suele decir, «la fe mueve montañas» y «con tesón y denuedo lograrás cuanto te propongas». Aquel tesón y aquel denuedo con que cada día había deseado lo mismo iban a ser, por fin, justamente recompensados; apenas llevaba diez minutos sentada cuando una dama de aproximadamente su edad, que estaba a su lado y llevaba unos minutos observándola, se dirigió a ella con gran amabilidad:
—Perdone si me equivoco, señora, pero hace un buen rato que estoy observándola. ¿No se apellidará usted Allen?