La Abadía de Northanger
La Abadía de Northanger Contestada esta pregunta, como lo fue al punto, la desconocida afirmó que ella se apellidaba Thorpe, al oír lo cual la señora Allen reconoció de inmediato los rasgos de una antigua compañera de colegio y buena amiga a quien sólo había visto una vez desde que ambas se casaron, y de ello hacía muchos años. La alegría que sintieron al encontrarse fue muy grande, y bien podía serlo, pues habían dejado transcurrir quince años sin saber nada la una de la otra. Tras hacerse los cumplidos referentes al buen aspecto que tenían las dos y admirarse de cómo había pasado el tiempo desde la última vez que se vieron, de lo inesperado de encontrarse en Bath las dos y de la satisfacción que se sentía al ver a una vieja amiga, procedieron a hacer indagaciones y dar noticia de sus familias, hermanas y primas, hablando las dos a la vez. Mucho más dispuestas a ofrecer que a recibir información, prestaban muy poca atención a lo que la otra decía. Sin embargo, al tener hijos la señora Thorpe poseía una gran ventaja como conversadora sobre la señora Allen, y mientras se explayaba hablando del talento de los varones y la belleza de las muchachas, de sus diferentes colocaciones y opiniones (John estaba en Oxford; Edward, en Merchant-Taylors’, y William, en la Marina, siendo todos ellos más estimados y respetados que nadie en sus diferentes ocupaciones), la señora Allen, como no tenía información semejante que dar, ni ningún triunfo semejante que hacer escuchar a los oídos poco dispuestos e incrédulos de su amiga, se veía obligada a fingir escuchar todas aquellas efusiones maternales, consolándose a sí misma, empero, con el descubrimiento (que con su sagaz mirada hizo en seguida) de que el encaje de la capa de la señora Thorpe no era ni la mitad de hermoso que el suyo.