La Abadía de Northanger
La Abadía de Northanger En un momento dado, Catherine creyó oír sus pisadas en la galería, reconocer su paso, pero todo se hallaba sumido en el silencio. Sin embargo, apenas acababa de maldecirse a sí misma por sus fantasías, dio un respingo al oír un ruido junto a la puerta de su habitación; alguien había tocado el marco. A} cabo de un momento, un ligero movimiento del pomo confirmó la presencia de una persona. La idea de que alguien se acercase con semejante sigilo hizo estremecerse ligeramente a Catherine, pero resuelta a no dejarse vencer de nuevo por temores superficiales o a engañarse por una imaginación excitada, se acercó tranquilamente a la puerta y la abrió. No era ni más ni menos que Eleanor quien estaba allí. Pero el alivio de Catherine duró sólo el primer momento; su amiga estaba palidísima y parecía presa de una gran agitación. Aunque era evidente que iba a entrar en la habitación, parecía costarle un gran esfuerzo, y, cuando hubo entrado, todavía le costó más hablar. Imaginando alguna inquietud causada por el capitán Tilney, Catherine no podía expresar su preocupación sino con un silencioso interés, así que la invitó a sentarse, le frotó las sienes con agua de lavanda y permaneció de pie junto a ella llena de solicitud y cariño.
—Mi querida Catherine, no debes, de verdad no debes… —fueron las primeras palabras que consiguió hilar—. Estoy perfectamente. Estas atenciones me aturden. No puedo soportarlo. ¡El recado que he venido a darte…!