La AbadÃa de Northanger
La AbadÃa de Northanger —¡Un recado! ¿A mÃ?
—¡No sé cómo decÃrtelo! ¡Cómo podrÃa decÃrtelo!
Una nueva idea cruzó como una flecha por la mente de Catherine que, poniéndose tan pálida como su amiga, exclamó:
—¡Es un enviado de Woodston!
—No. Te equivocas, de verdad —repuso Eleanor mirándola con suma compasión—. No es de Woodston. Es de mi propio padre.
La voz se le quebraba y tenÃa los ojos clavados en el suelo mientras mencionaba su nombre. Como el indeseado regreso del general bastaba para que a Catherine se le viniera el alma a los pies, durante unos momentos apenas pensó que le tocase oÃr algo peor y guardó silencio. Eleanor siguió tratando de recuperar el dominio de sà misma y de hablar con entereza, aunque sin levantar todavÃa los ojos del suelo.