La Abadía de Northanger
La Abadía de Northanger Al oír esto, el caballero se limitó a responder con una ligera inclinación de cabeza mientras la señora Morland hacía un gesto a su hija para que guardara silencio, pues considerando probable que tras su deseo de visitar a sus amables vecinos se escondiese la intención de ofrecer a Catherine alguna explicación sobre el comportamiento de su padre, que debía de resultar más agradable hacer en privado, no quiso impedir de ningún modo que lo acompañara. La pareja emprendió su paseo, y la señora Morland no se equivocó al desear que así se hiciera. Aunque Henry tenía que ofrecer cierta explicación con referencia a su padre, su objetivo primordial era explicarse él mismo, y antes de llegar a la finca del señor Allen lo había hecho tan bien que Catherine pensó que aquello no podía repetirse todos los días. Henry le declaró el afecto que sentía por ella y, a su vez, solicitó su corazón, aunque quizá los dos sabían de sobra que era ya enteramente suyo, pues si bien Henry se hallaba ahora sinceramente prendado de ella, conocía y se deleitaba en las virtudes de su carácter y disfrutaba sinceramente de su compañía, hemos de confesar que el afecto no surgió de otra cosa que de la gratitud. Dicho de otro modo, el convencimiento del cariño que la joven sentía por él había sido el único motivo que llevó a Henry a tomarse en serio a Catherine. Reconozco que constituye un hecho nuevo en la novela, y que es terriblemente impropio de la dignidad de una heroína; pero si fuese igual de insólito en la vida ordinaria, el mérito de una imaginación fantástica me correspondería exclusivamente a mí…