La AbadÃa de Northanger
La AbadÃa de Northanger —¡Siglos llevo! Te aseguro que estoy aquà por lo menos desde hace media hora. Pero, bueno, vamos a sentarnos al otro lado del salón a divertirnos. Tengo cientos de cosas que contarte. Lo primero es que esta mañana, justo en el momento en que iba a ponerme en marcha, he sentido un miedo horrible de que lloviera; parecÃa que iba a llover, y eso me hubiera sumido en el más absoluto dolor. ¿Sabes que acabo de ver el sombrero más bonito que te puedas imaginar? Ha sido en un escaparate de Milsom Street, ahora mismo…, se parece mucho al tuyo, sólo que tiene cintas coquelicot en lugar de verdes; me muero de ganas de comprármelo. Pero bueno, hija mÃa, Catherine, ¿y tú?, ¿qué has hecho esta mañana? ¿Has seguido con Udolpho?
—SÃ, he estado leyéndolo desde el mismÃsimo momento en que me desperté; he llegado hasta lo del velo negro.
—¿De verdad? ¡Qué maravilla! ¡Pero por nada del mundo te diré lo que hay detrás del velo negro! ¿No te mueres de ganas de saberlo?
—Claro que sÃ. ¿Qué puede ser? Pero no me lo digas. No permitiré de ninguna manera que nadie me lo diga. Tiene que ser un esqueleto, estoy segura de que son los huesos de Laurentina. ¡Ay! Estoy encantada con el libro. Me pasarÃa toda la vida leyéndolo. Te lo aseguro, si no hubiera sido por ti, no me habrÃa separado de él por nada del mundo.