La Abadía de Northanger
La Abadía de Northanger A pesar de Udolpho y de la modista, el grupo de amigos de Pulteney Street llegó a las Upper Rooms a muy buena hora. Los Thorpe y James Morland habían llegado sólo dos minutos antes que ellos, y tras pasar por el ceremonial de rigor de recibir a su amiga con la más efusiva y afectuosa prontitud, de admirar la hechura del vestido y envidiar los rizos de su cabello, Isabella y su amiga siguieron, cogidas del brazo, a sus acompañantes, camino del salón de baile, susurrándose al oído todo lo que se les ocurría y sustituyendo muchas palabras por un apretón en la mano o una afectuosa sonrisa.
El baile comenzó a los pocos minutos de que se sentaran, y James, que llevaba comprometido el mismo tiempo que su hermana, se puso muy pesado con Isabella para que bailara; pero como John se había marchado a la sala de juegos a hablar con un amigo, ella dijo que por nada del mundo iría a bailar hasta que su queridísima Catherine pudiese también ir con ellos.
—Le aseguro —le dijo a James— que de ningún modo me voy a levantar sin su querida hermana, porque, si lo hiciera, quedaríamos ya separadas durante toda la noche.