La AbadÃa de Northanger
La AbadÃa de Northanger Catherine acogió esta gentileza con gratitud, asà que continuaron sentadas otros tres minutos hasta que Isabella, después de haber conferenciado con James, que estaba al otro lado, se volvió de nuevo a Catherine y le susurró:
—Hija, me temo que voy a tener que abandonarte; no sabes lo impaciente que está tu hermano por empezar, y seguro que no te importa que me marche, ¿verdad? Supongo que John volverá en un instante, y entonces me encontrarás fácilmente.